LLANTO, FRUSTRACIÓN, CONFLICTOS. EL PAPEL DEL ADULTO.

ASPECTOS FUNDAMENTALES DEL PROCESO: LA FRUSTRACIÓN, EL LLANTO Y LOS CONFLICTOS.

Crecer significa asumir que estamos limitados y ésto genera frustración, tanto para la criatura como para los adultos. Desde esta mirada, sentimos necesario que la familia comprenda la frustración como parte de la vida, del crecimiento y del desarrollo.

Nuestra visión pedagógica propone acompañar la frustración sin querer desviar el malestar que la criatura siente cuando no consigue o no sucede aquello que quiere. Al mismo tiempo nosotros como adultos podemos ir observando cómo nos sentimos con nuestras propias frustraciones.         

Cuando una criatura se siente frustrada, suele manifestar su malestar a través del llanto. El llanto le permite elaborar las pérdidas y, al mismo tiempo, favorece una descarga tensional que la libera y la relaja profundamente.

Tanto los niños como cualquier persona adulta necesitan dar expresión a sus emociones y sentimientos. Los niños son auténticos y espontáneos por tanto sienten sus emociones intensamente. Cuando las expresan es para hacernos ver y darnos cuenta de su gran mal estar. Las emociones y sentimientos están para ser sentidas y expresadas. Son el mecanismo de defensa que la naturaleza nos dio para conectar con aquello que nos produce dolor o nos falta.

No obstante, muchos aprendimos a reprimirlas hace ya muchos años por miedo a ser juzgados, criticados, maltratados, no aceptados, rechazados, regañados, castigados, pegados o no queridos. Si nuestra mirada estuviera más en cómo se SIENTEN en vez de en cómo se COMPORTAN evitaríamos muchos conflictos.

Llamarle rabieta, berrinche o pataleta al comportamiento de un niño cuando necesita expresar una intensa emoción o sentimiento de gran mal estar es emitir un juicio y etiquetarle. Su sentimiento de frustración e impotencia es tan grande que lo necesita expresar llorando o gritando. En ocasiones les negamos sus pulsiones innatas o sus necesidades más básicas no sonsatisfechas.

Tienen derecho a sentirse mal. Nuestra responsabilidad es acompañar amorosamente, validando y, en algunos casos, nombrando lo que sienten.Lo más importante no es cómo vamos a acompañar estas “rabietas” o qué podemos hacer para que se calmen una vez ya han perdido el control. Eso vendría después. Nuestra responsabilidad como adultos es ir más allá y aceptar y reconocer que detrás de cada “berrinche” hay un motivo absolutamente valido y legítimo seamos conscientes de ello o no.

Los conflictos son normales, saludables, necesarios y una fuente de crecimiento para las criaturas (y para los adultos). En la medida que logran solucionar los conflictos de forma satisfactoria, los niños y niñas tendrán una personalidad más fuerte, equilibrada y gozarán de buena autoestima.

No hay que intentar evitar los conflictos siempre y mucho menos intentar reprimirlos. Pero tampoco significa que no hay que tomar medidas que los prevengan en algunos casos (muchas criaturas con pocos acompañantes, criaturas muy pequeñas, edades muy distintas, etc.).

Para saber cuándo y cómo intervenir en los conflictos, es necesario analizar primero el conflicto. Podemos distinguir entre los conflictos originados por un ambiente no-adecuado (los conflictos evitables) y aquellos conflictos que surgen desde la propia vivencia de los límites, la convivencia y la necesidad de distinguirse como individuos del mundo que les rodea (los conflictos inevitables).

Las criaturas aprenden de los adultos como resolver los conflictos por tres vías: 1) El trato entre los adultos: como los padres y otras personas de referencia resuelven sus conflictos; 2) Como los adultos tratan a los niños y niñas; 3) Como los adultos manejan las relaciones entre las criaturas.

Hay que distinguir entre conflictos puntuales y los conflictos “crónicos”, cuando una criatura muestra una actitud conflictiva frente a otras criaturas de forma más constante, incluso sin que haya un conflicto concreto entre ellas. No existen recetas, ni soluciones mágicas. Cada situación, cada niño/niña es diferente. Lo que en un momento puede servir, no es válido en otro. La actitud de la persona que interviene y su capacidad de conectar con los niños probablemente es lo más importante.

La intervención del adulto requiere tranquilidad, una actitud firme y a veces una gran creatividad para acompañar a los niños y las niñas en el camino de la solución. Lo que no deberíamos hacer es castigar (tampoco indirectamente o sutilmente con nuestra actitud), buscar culpables o hacer lo mismo que ellos para que se den cuenta cómo la otra persona se sintió.

Es muy importante siempre distinguir entre la persona (que siempre aceptamos) y su actitud destructiva, que en determinados momentos no podemos aceptar para proteger a los demás niños. En ningún momento se trata de castigar al niño o la niña, sino de comunicar sobre su actitud. Comunicar quiere decir hablar y escuchar. Hablar para explicar nuestra reacción frente a la actitud de violencia frente a otras criaturas, y escuchar los sentimientos y las necesidades del niño o de la niña. Y también comunicar sobre las soluciones. Con una actitud destructiva una criatura nos está diciendo algo, y la única forma de solucionarlo pasa por escuchar y acompañar.

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