El amor que salva (segunda parte)

«

«No es posible amar sin respetar. El respeto fortalece, da seguridad y confianza. A veces, se trata a los niños como juguetes u objetos, quizá preciosos y delicados, pero en definitiva como objetos y no como personas, pequeñas, pero competentes y con capacidades de hacer y de aprender.

Tratarlos con respeto implica escucharlos, confiar en ellos, en sus ganas de hacer las cosas bien; implica intentar entender sus razones. La idea de niño que prevalece en nuestra sociedad está llena de tópicos y prejuicios que es necesario combatir. Respetar comporta preservar su intimidad. Disfrutar con ellos y no a su costa. En cambio, hablar de ellos en su presencia, reñirlos o halagarlos en público, reírse de cosas que han dicho o hecho los humilla y ofende.

Las criaturas, desde muy pequeños, tienen capacidad de sentir y son especialmente sensibles a los ataques a su intimidad. Se sienten mal cuando se los trata como si no estuvieran presentes, como si no oyesen ni entendiesen. Los niños son personas, con sentimientos y emociones, con derechos y deberes, como cualquier adulto. Sin embargo, para algunos adultos la relación con los pequeños consiste en someterlos a «juegos» prepotentes: «¿Quieres un caramelo? Pues a ver si lo coges…», y los chiquillos han de saltar y saltar, y a menudo las cosas acaban mal. Porque lo que se consigue es molestarlos, provocarlos y fastidiarlos.

Respetar requiere tener en cuenta las opiniones, los gustos, los sentimientos y las emociones de los chiquillos y aceptarlos, sin que ello signifique que no se puedan poner límites a sus deseos, ni que tengan que hacer o que tengamos que permitir que hagan siempre lo que quieran. —Las fresas no me gustan. —No puede ser, ¡si son buenísimas! Podríamos decir: —Ya veo que no te gustan, a mí sí y mucho. La falta de respeto que significa la negación del sentimiento, la emoción o el gusto descalifica y hace que el niño se sienta inadecuado y poca cosa.

Para ayudar a entender por qué una determinada conducta es criticable, debemos dejar de identificar (como es tan habitual) la conducta con la persona; es decir, hemos de diferenciar la persona de sus actos. Esto permite poner el acento en el comportamiento, criticar no a la persona, sino lo que ha hecho o dejado de hacer. Esta distinción hace posible que la crítica, en vez de basarse en una descalificación de la persona, pueda centrarse en la conducta. Por ejemplo, afirmar «esto es una tontería», en lugar de «eres tonto»; señalar «es una porquería», y no «eres sucio»; «está desordenado», y no «eres un desordenado»; «es una burrada», y no «eres burro». Son expresiones que califican (o descalifican) la conducta, no a la persona. La etiqueta condena y a la vez justifica. Hiere la autoestima.

Dirigir la crítica a la acción permite que el crío, que ya no se tiene que defender de la descalificación, porque no se siente atacado, pueda centrarse también en la conducta: «Esto que has hecho hoy no está bien, pero mañana puedes hacerlo mejor» deja la puerta abierta a la rectificación y la mejora.

Tampoco se puede hablar de afecto si las relaciones no se han fundamentado en la confianza mutua. Cuando se pierde la confianza, la relación queda maltrecha y se hace imposible sacarla adelante si aquélla no se restituye. La confianza es como una joya que hay que preservar en las relaciones entre personas, tengan la edad que tengan. Confiar en los pequeños significa creer en sus capacidades de aprender y de esforzarse; en sus ganas de hacer las cosas bien, de actuar correctamente. Interpretar las intenciones positivamente suele motivar más y, aunque nos podemos equivocar, seguramente da mejor resultado equivocarse en positivo que en negativo.

Confiar es darles la oportunidad de rectificar, de actuar con autonomía, de intentarlo, probar y equivocarse. Es ponerlos en situación de escoger, es tratarlos con paciencia para darles tiempo de hacer y de aprender a hacer. Las prisas son enemigas del aprendizaje. Es exigirles lo que pueden hacer, pero no lo que no pueden. Es aceptar sus errores y permitirles que se equivoquen y que prueben. Confiar es también poner los límites necesarios con energía, constancia y coherencia, con el convencimiento de que el niño los aceptará, entre otras razones, porque él también confía en nosotros. Es creer lo que dicen, aunque sea inverosímil, para que puedan experimentar que decir la verdad es su problema, no el de los padres, y poder rectificar.

Cuando los padres no hacen de jueces o de fiscales, y adoptan sencillamente el papel de padres, los hijos tienen más posibilidades de dejar aflorar sus motivaciones. También de aprender en función del bienestar o malestar que originan sus actuaciones y que toda persona puede experimentar cuando no se siente atacada y no está a la defensiva. La confianza protege, compromete y da fuerza, porque nadie quiere defraudar a las personas que quiere y que le quieren. Porque perder la confianza es una de las cosas que más duelen, que causan tristeza, arrepentimiento y ganas de recuperarla cuanto antes mejor.

La confianza estimula y empuja a afrontar esfuerzos y dificultades. Como es bastante habitual no ser consciente de los sentimientos que se transmiten con las actitudes, exponemos a continuación algunas que, más o menos sutilmente, transmiten desconfianza:

•    La preocupación de los padres es, para los hijos, el indicador de la gravedad de lo que les pasa. La preocupación transmite desconfianza en la capacidad de salir adelante. Aprender a ocuparse y no a preocuparse puede ayudar a evitarlo.

•    Un excesivo control evidencia una desconfianza básica que estropea la relación. Y es una falta de respeto si se convierte en espionaje. Por el contrario, las actitudes de interés y de acompañamiento manifiestan confianza y estima.

•    La sobreprotección indica desconfianza e inseguridad. Pero, a veces, más que denotar desconfianza, es muestra de un cierto egocentrismo por parte del adulto cuando es en su propio beneficio o para su tranquilidad, y no porque el niño lo necesite. Impulsar la autonomía puede ser un buen antídoto.

•    Poner a prueba transmite con claridad una desconfianza que rompe, separa y aleja. Poner a prueba la sinceridad, por ejemplo. Si han hecho algo inadecuado y lo sabemos, pero los interrogamos haciéndoles creer que no sabemos nada, los ponemos contra las cuerdas y les damos la oportunidad de no decir la verdad e, incluso, les estamos induciendo a hacerlo.

Hay también otras actuaciones y actitudes que hacen perder la confianza en los padres. «Me voy ahora que está distraído.» Sí, está distraído, pero tarde o temprano se dará cuenta de que su padre o su madre ya no están, y el niño se sentirá abandonado. Separarse de los padres, a partir de los ocho o nueve meses, provoca sentimientos de tristeza e inseguridad. Sentimientos que la criatura puede ir superando a medida que va viviendo experiencias repetidas de separación, siendo consciente de ello.

Desaparecer evita a los padres oír el llanto, a veces desesperado, del niño, pero a él no le ahorra el disgusto. El crío se desespera cuando se da cuenta de que ya no están. Con el inconveniente añadido de que el abandono deja a los pequeños indefensos; lo único que les queda es aferrarse a los padres o al adulto para que no se vayan. El niño no puede estar tranquilo ni cuando está con ellos, porque no sabe si desaparecerán. Ha perdido la confianza.

A veces conviene pararse expresamente a analizar formas de hacer habituales para darse cuenta de que son faltas de respeto. Por ejemplo, manipular los sentimientos y las emociones de los críos está al orden del día: el miedo («si no te portas bien, vendrá el guardia y te…»); amenazas de toda clase; engaños del tipo «no tengas miedo, que no te dolerá», pero sí duele; promesas que nunca se cumplen; pactos que tampoco se cumplen («una cucharada más y basta, será la última», pero en cuanto el crío se distrae se encuentra otra cucharada en la boca), etcétera. Esta manipulación es otra de las razones por las que los críos se vuelven desconfiados.

Preservar la confianza de los niños requiere no enredarlos para hacerlos obedecer, no aprovecharse de su ingenuidad, no engañarlos nunca, con objeto de permitir a cada uno de ellos ir elaborando recursos para afrontar las situaciones, las dificultades y los conflictos que vivirá. A veces, quizá no es necesario decirlo todo, pero sí lo es que todo lo que se diga sea verdad. Una criatura que no puede confiar en los adultos que le sirven de referencia está perdida, difícilmente podrá confiar en nadie.

Hay actitudes, comportamientos o maneras de hacer del adulto que se atribuyen erróneamente a la estima, cuando en realidad provienen de sentimientos, a menudo poco conscientes, de autoprotección o de autosatisfacción (no sufrir, no cansarse, querer agradar); es decir, el supuesto beneficio del comportamiento no recae en el niño, sino en el adulto, que se pone en primer término, por encima de las necesidades del pequeño.

Por ejemplo, una confusión frecuente es atribuir o asociar al afecto el hecho de consentir. Consentir es claudicar ante las exigencias de los niños, sean o no adecuadas o beneficiosas para ellos. Son consentidoras las personas que acaban cediendo, permitiendo, comprando, regalando o haciendo lo que saben que no deberían. «Va, déjalo, dáselo, cómpraselo, que por un día no pasa nada», son actitudes típicas de los consentidores. «Lo quiero tanto, que no puedo soportar que lo pase mal. […] Por un rato que estamos juntos, no quiero que se enfade conmigo» son el tipo de argumentos que dan a menudo para justificar su debilidad.

Pero quien ama no hace nada que pueda perjudicar a la persona amada. Las personas consentidoras quizás aman, pero no tanto como piensan. En todo caso, el consentimiento no está motivado por el afecto que sienten. En realidad, se consiente por falta de energía, para ahorrarse su rabieta y su más que probable malhumor. Por cansancio. Esto no es amar. Esto es claudicar, eludir la responsabilidad educativa. Otro ejemplo de confusión es asociar el afecto o la estima con el halago: «¿Quién es el más guapo, el más listo, el más fuerte…?». Halagos que promueven la vanidad, no la autoestima. Halagos que convierten al niño o a la niña en unos divos, y a quien los halaga en una persona imprescindible. La autoestima se alimenta con el reconocimiento y el elogio del esfuerzo, de las cosas bien hechas, de los avances. El halago es un engaño y los engaños suelen traer malas consecuencias, desprotegen a las personas frente a la realidad. Engañar no es amar.

Otra conducta, parecida al halago, es la de contemplar al niño: procurarle lo mejor y más bonito, el mejor asiento, dejarle elegir siempre a él primero, acatar sus caprichos, sus órdenes, etcétera. Tantas contemplaciones confunden a los críos, que acaban pensando que el mundo gira a su alrededor y no aprenden a empatizar ni tampoco a ser tolerantes.

También podemos observar con mucha frecuencia que el amor se confunde con la sobreprotección, encaminada a evitar esfuerzos y todo tipo de conflictos que puedan provocarles a los críos emociones y sentimientos negativos: «No se lo digas, que se pondrá triste», «No se lo quites, que se enfadará», «No lo dejes ir, que se perderá», «No se lo dejes hacer, que se hará daño o se cansará». Como sobreproteger a los hijos se ha convertido en un comportamiento habitual, a muchos les puede parecer que no hacerlo podría ser contraproducente y, por esa razón, no es fácil percatarse de los efectos nocivos que provoca.

La sobreprotección les quita a los niños oportunidades de elaborar recursos y estrategias para afrontar y superar con éxito las dificultades y los conflictos que surgen en la vida cotidiana. Por el contrario, el conflicto forma parte del aprendizaje y de la maduración personal. Es el esfuerzo lo que permite progresar y superar retos, a la vez que produce satisfacción y autoestima. La actitud sobreprotectora puede ser comprensible, pero propicia justamente los efectos contrarios: un niño sobreprotegido se convierte en una persona débil e indefensa.

Un día, hablando de autonomía en un grupo, Nicolás nos cuenta que su hijo ya está aprendiendo a ponerse solo los pantalones. Mientas lo explica comenta, medio en broma, lo pesada que es la adquisición de autonomía de los pequeños. Se pasan una hora poniéndose los pantalones. ¡Total, para acabar poniéndoselos del revés! Y encima no les puedes decir nada, porque después de lo que les ha costado, se quedarían frustrados. Diego tiene 3 años. Quien más, quien menos, asiente sonriente al relato de Nicolás, pero hay una frase que llama la atención: «No les puedes decir nada, porque después de lo que les ha costado, se quedarían frustrados». Nicolás no se da cuenta de que ocultando la realidad a su hijo le deja desprotegido para afrontar el momento (que seguro que llegará) en que alguien, sin mala fe, le diga que lleva los pantalones del revés. ¿Cómo reaccionará Diego? Porque él se va a la escuela convencido de que lo ha hecho bien. Seguramente llorará, o se enfadará y no aceptará lo que le dicen, porque «mi padre me ha dicho que muy bien».

Esta anécdota nos sirve para darnos cuenta de lo desapercibidas que pasan las acciones de sobreprotección a los hijos, incluso a padres que, como Nicolás, valoran e impulsan la autonomía de los suyos. Nicolás expresa en su relato que quiere evitarle una frustración a Diego. Pero haciéndolo así, le prepara otra mucho mayor. ¿Cómo podía haberse enfocado la situación?

Una forma alternativa podría haber sido, en primer lugar, felicitar al pequeño por haberse puesto solo los pantalones y advertirlo después de que están del revés. No es preciso forzarlo para que se los ponga bien en aquel mismo momento. Se le puede dejar escoger si prefiere ponérselos inmediatamente o hacerlo después en la escuela. De este modo la frustración es menor porque se le permite escoger y, en caso de que decida dejárselos como están, como ya lo sabe, está preparado, porque «papá ya me lo ha dicho». En general, se tiene una vivencia excesivamente negativa de las dificultades, cuando, en realidad, son oportunidades de aprendizaje y de mejora. Eliminar la dificultad es renunciar a educar o a aprender.

En este sentido, puede considerarse que las dificultades tienen siempre una parte positiva (en la medida que no sobrepasen las posibilidades de quien las experimenta). Cuando los padres viven con naturalidad y serenidad los problemas, favorecen que los hijos los puedan vivir también así. Las actitudes se contagian, y el comportamiento de los padres les sirve de modelo y de referencia. Hay padres que impiden a sus hijos trepar, correr monte abajo, saltar o columpiarse fuerte, actividades que comportan un cierto riesgo. Como ocurre en los otros casos de sobreprotección, en éste también se deja al pequeño indefenso ante el riesgo, porque no se le permite adquirir esta noción. Son niños que no han aprendido a estar alerta porque siempre los han «salvado». Ocultar acontecimientos o noticias para intentar evitar la tristeza, el sufrimiento o la frustración no da casi nunca buen resultado. Todo acaba descubriéndose y el golpe es mucho más fuerte cuando no se está preparado. Y lo peor es la posibilidad de que el crío pierda la confianza en aquellos que lo tenían que proteger.

Además, hay sobreprotecciones que revelan una idea de «niño incapaz»: incapaz de entender, de aguantar, de adaptarse, de aprender. Reflejan desconfianza en su capacidad para salir adelante, lo que le debilita y le resta fuerzas para afrontar las dificultades. La imagen que los padres tienen de sus hijos incide fuertemente en la posibilidad, por parte de éstos, de elaborar estrategias y recursos propios, y de tener la fuerza necesaria para superar los pequeños o grandes problemas que les toca vivir.

Una manera de ayudar a un niño a soportar positivamente un contratiempo es transmitirle la confianza de que puede superarlo. La confianza de los demás transmite fuerza y seguridad, y estimula a hacer bien las cosas. Estas reflexiones nos permiten ver la necesidad de no confundir la estima con la sobreprotección. Sobreproteger, como halagar, contemplar o consentir, convierte a los niños en personas emocionalmente frágiles, con poca capacidad de tolerancia y dependientes. Esto les da inseguridad cuando salen del nido y constatan que no son ni los más guapos, ni los mejores, ni los primeros. Fragilidad emocional que los puede llevar a derrumbarse ante cualquier adversidad.

«Los críos consentidos, contemplados o tratados con excesiva consideración desarrollan actitudes y relaciones de tiranía con quienes los consienten y los contemplan; y acaban convirtiéndose en personas con actitudes «duras» en casa y «blandas» fuera de su ámbito familiar. Por otra parte, la sobreprotección consigue justamente el resultado contrario al que se propone. Repitámoslo: la persona sobreprotegida está mucho más indefensa, porque la sobreprotección elimina las oportunidades de aprender y de adquirir recursos propios de autoprotección. En consecuencia, cuando la persona sobreprotegida no tiene la compañía de quien tanto la ampara, fracasa. En cambio, cuanta más tolerancia se adquiere, más garantías se tienen de ser feliz».

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Resolver : *
16 × 14 =