El amor que salva

Otra lectura basada en el libro «Me gusta la familia que me ha tocado». Esta vez se habla de diferentes maneras de amar. Hay un amor que nos puede «salvar» y también hay formas de amar que perjudican el equilibrio emocional.

Los niños, para crecer y avanzar, necesitan que las personas de quienes dependen sean capaces de establecer relaciones que permitan construir unos vínculos afectivos sólidos. Aunque las críticas tengan fundamento, si no se sustentan en unas relaciones de calidad, o si las exigencias sobrepasan las posibilidades y capacidades de los pequeños, su proceso de desarrollo y aprendizaje se tambalea.

El afecto es motor de vida y de aprendizaje, da fuerza para superar los retos cotidianos, y motivación para confiar y «hacer caso» a las personas que nos quieren y confían en nosotros. El trato que recibimos refleja la imagen que los otros tienen de nosotros y repercute en la autoestima, positiva o negativamente; es el espejo en que los pequeños se ven tal como los ven los demás. Un niño que se cree poco querido se siente desgraciado, amenazado…, y exterioriza estos sentimientos a través del malhumor y con un comportamiento de aparente desafecto hacia los padres.

No todos los niños reaccionan igual ante la misma sensación de “falta de amor”. Los hay que se comportan de manera agresiva, dura, contra padres y hermanos, y contra el mundo en general, «disimulan» tan bien su fragilidad emocional y su padecimiento que su comportamiento resulta incomprensible y detestable.

En cuanto el adulto identifica el sufrimiento, el grito de socorro que se esconde tras esta conducta, sus emociones empiezan a variar y, desde la comprensión, con afecto y empatía, puede rehacer y fortalecer el vínculo afectivo. El afecto es el mejor reconstituyente y un bálsamo que cura las heridas. Y el diálogo y la escucha son buenas maneras de estar atentos unos a otros, comprenderse y ayudarse mutuamente. Cuando una persona es tratada con empatía, aprende a empatizar. La persona que es querida aprende a querer.

¿Cómo ha de ser este cariño para que cada uno de nuestros hijos pueda percibirlo en todo momento? Es evidente que no es suficiente decir de vez en cuando «te quiero», aun cuando vale la pena hacerlo. La verdadera estima, la que llega, se basa en la aceptación, en el respeto, en la confianza y en otras actitudes necesarias para que este «te quiero» sea creíble.

Amar es valorar, aceptar, respetar, escuchar, impulsar la autonomía y la independencia, satisfacer las necesidades; no es atar ni poseer, ni dominar, ni halagar, ni contemplar, ni consentir, ni sobreproteger; por supuesto, tampoco es dejar hacer lo que se quiera.

Cada persona nace con unas características propias provenientes de su herencia genética que la hacen diferente de las demás. Cada uno es como es y esto no puede cambiarse. Se puede modificar la manera de hacer, pero no la manera de ser. La educación hace que estas características personales se conviertan en cualidades o defectos. Por ejemplo, un niño que muestra tenacidad puede acabar actuando con tozudez, o bien de manera persistente y perseverante. El que es muy activo puede aprender a comportarse de una manera emprendedora y diligente, o bien de modo irreflexivo e impulsivo.

Más o menos todo el mundo parte de un modelo, de una idea de cómo querría que fuese su hijo, empezando por si prefiere que sea niño o niña… Cuanto más alejado de este modelo está el hijo, más difícil resulta aceptarlo. Conviene entender, sin embargo, que no aceptar a los hijos como son, además de ser una crueldad, es una manera de desaprovechar las potencialidades de cada cual. Y un modo de gastar energías inútilmente persiguiendo un cambio que no es factible. Tener hijos comporta hacerse cargo de ellos, cuidarlos y satisfacer sus necesidades, todas, con amor y con alegría, si puede ser.

A veces, el trato que se da a los críos refleja disgusto por cómo son y transmite desprecio. Otras veces, nuestra actitud manifiesta cansancio por el trabajo que dan los pequeños, insatisfacción por lo que aún no saben hacer, una crítica constante, más interés por lo que hacen que por lo que piensan o sienten. Este tipo de trato daña la autoestima e interfiere en la percepción del afecto.

Los hijos dependen forzosamente de los padres, no deberíamos hacerles sentir que son una carga… ¡o una molestia! O que queremos que sean distintos de como son. La aceptación se hace perceptible cuando la relación transmite lo que tanto nos gusta, a pequeños y mayores, y que nos produce calorcillo: «Me gusta cómo eres, me gusta estar contigo…», manifestado de forma explícita, con palabras y con hechos. Querer es interesarse: hay que observar, reflexionar… Pero aceptar no es suficiente. Amar comporta sentir un verdadero interés por conocer al niño, lo cual requiere escucharlo, y tener una actitud observadora y reflexiva.

Frases como «Me interesa qué dices, qué piensas, qué sientes…» manifiestan que se tiene al pequeño en cuenta. A menudo, los diálogos que se mantienen con los niños reflejan poco interés por la persona. La típica pregunta «¿qué has comido hoy?» manifiesta más interés por los alimentos que por la persona. Para ellos, se convierte en un examen de memoria, uno más de todos los que se les hacen continuamente («¿quién soy?», «¿de qué color es?»). En cambio, la pregunta «¿te ha gustado la comida?» traslada el interés hacia la persona.

Los tópicos, las etiquetas y los prejuicios son obstáculos para conocer a cada niño y poder ayudarlo mejor en su camino de formación y aprendizaje. —Mi hija ya me toma el pelo. —¿Por qué te parece que te toma el pelo? —Porque llora y no le pasa nada. —Y ¿cómo se calla? —Se calla si la cojo en brazos… Parece evidente que una criatura de unos pocos meses (como la del ejemplo) no tiene capacidad intelectual para tomar el pelo. Si se eliminan tópicos y prejuicios, la comprensión de que la pequeña llora porque no tiene otra manera de llamar la atención de su madre y pedir que la coja en brazos, es inmediata.

Si en vez de tratarse de un bebé, se piensa en un niño de dos años o más que solicita «mamá, ¿me coges en brazos?», ya no creeremos que es una tomadura de pelo, sino la expresión de un deseo o de una necesidad, y la madre tendrá que decir sí o no, en función de si puede o de si lo considera conveniente. Los pequeños no toman el pelo. Si lloran, es porque no pueden pedir de otro modo lo que quieren, o porque así lo han aprendido.

Un día, hablando de este tema, una madre nos explicó la siguiente anécdota: —Mi hija Laura es muy caprichosa. Cada mañana mantenemos una batalla campal porque nunca quiere ponerse la ropa que le he preparado. El otro día fuimos a comprar zapatos. Le compré los que ella escogió. Estaba muy contenta. Yo pensé que a la mañana siguiente no habría peleas porque estaría feliz de estrenarlos. Al día siguiente, todo iba bien hasta que empecé a calzarle un zapato: «¡Ay, no pongas!», protestó. Me puse hecha una furia. «¿No puedes estar nunca contenta, ni siquiera hoy? Eres una caprichosa, ahora me gusta, ahora no me gusta…» Y le lancé una serie de improperios con toda mi rabia acumulada… Y Laura llorando, desconsolada. —Se le rompe la voz—. Mientras le estaba gritando, puse la mano dentro del zapato. ¡Había una bola de papel! De pronto me di cuenta de lo inapropiado (por decirlo suavemente) de mi reacción. Laura sabía hablar, pero es que ¡no le di ninguna opción! La madre finaliza el relato un poco alterada y enfadada consigo misma. Laura, 2 años y 8 meses «Laura es muy caprichosa», dice la madre al iniciar su relato, y este convencimiento le impide buscar las causas de la protesta. La madre deja de preguntarse el porqué de la actitud de Laura. No hace falta, ya tiene la respuesta por anticipado.

Desprenderse de tópicos y etiquetas, y acercarse a cada niño libre de prejuicios, permite conocerlo de verdad y, en consecuencia, quererlo, entenderlo y tratarlo con respeto. Generosidad y amabilidad son dos actitudes que proporcionan fluidez a las relaciones y hacen la vida agradable. Están implícitas en la estima, porque el que ama desea que el ser querido se sienta bien y sea feliz. La amabilidad, que va asociada al hecho de amar, comporta poner atención en felicitar y elogiar al niño por sus avances, grandes o pequeños. Porque el reconocimiento y la valoración del camino efectuado anima y motiva.

Entrar por la vía del reconocimiento y la felicitación requiere desprenderse del hábito tan extendido de ver más la parte negativa de las cosas que la positiva. Huelga decir que desde una perspectiva positiva se aprecian mejor los avances y desaparece la insatisfacción. «Me importa que te sientas bien.» La actitud generosa ofrece un modelo diferente que permite al niño modificar su manera de entrar en la relación y facilita que todos salgan beneficiados y de mejor humor. —Yo tengo una bici y tú nooo —me dice Sergio con un sonsonete antipático. —Vas en una bicicleta muy bonita. Me gusta mucho que te lo pases bien —le respondo. Me mira con cierta perplejidad, como si pensara «ésta no me ha entendido». Sin decir nada, da una vuelta en bici por el patio, regresa hacia mí, me sonríe y me dice: —Ten, te la dejo… Sergio, 2 años y 9 meses.

Tratar con generosidad comporta evitar los modelos vengativos tan frecuentes, como por ejemplo: «Si tú no me das, yo tampoco te daré». O cambiar la forma de felicitar habitual con expresiones tan frecuentes como antipáticas: «¿Ves? ¡Ya te lo decía, yo!», y me cuelgo la medalla por ser tan sabia; o ante un fracaso: «Ya te lo había dicho yo…», descargando vengativamente sobre la criatura la frustración y el enfado. La generosidad de uno apela a la generosidad del otro, como ilustraba esta pequeña conversación con Sergio, el niño de la bici. Las respuestas vengativas, aunque sean dichas en broma, crean «mal rollo». Existe un dicho que expresa poéticamente esta idea: «Quien regala flores, tiene siempre las manos perfumadas». La actitud positiva da alegría y optimismo.

Las actitudes actúan sobre el estado de ánimo. Vivir en positivo hace a las personas más fuertes y más felices. Las actitudes negativas debilitan a la persona, porque transmiten desconfianza en las propias capacidades. En vez de animar, desaniman y hacen sentirse mal. Unos padres van a la escuela infantil a buscar a su hijo, que está en la época de aprender a controlar esfínteres. Preguntan a la educadora: «¿Cuántas veces se le ha escapado el pipí hoy?». Otra madre de la misma clase se acerca y pregunta a la misma educadora: «¿Cuántos pipís ha hecho en el orinal?».

La pregunta de los primeros padres les conducirá casi sin remedio a la insatisfacción, porque cualquier respuesta que no sea «ninguna» ya no permite estar contentos. Ver solamente lo que falta para llegar transmite insatisfacción, desanima y resta fuerza. Además, es una pregunta que presupone que el hijo no controla. En cambio, la pregunta «¿cuántos pipís ha hecho en el orinal?» no cuestiona la capacidad del hijo, sino que da por supuesto que controla y, aunque sea sólo uno, permite estar satisfecho: uno es mejor que ninguno y, si hoy ha acertado uno, mañana quizá serán dos o tres. Amar, pues, también es disfrutar con los niños de su proceso de aprendizaje, paso a paso y día a día, y gozar de estar a su lado. La empatía hace milagros.

Por regla general se soporta poco el sufrimiento, el dolor, el esfuerzo y la rabia. Especialmente, los padres cuando se trata de sus hijos. Esconder, negar o minimizar son mecanismos de defensa, a menudo inconscientes, fuertemente enraizados: «No pasa nada», «No cuesta nada», «No llores», «Es muy fácil», «No te enfades», son el tipo de frases y comentarios que oímos desde pequeños y aún ahora a nuestro alrededor. Son auténticas tapaderas que dejan encerrados a oscuras sentimientos y emociones, como si fuesen trastos que sólo causan molestias.

Esconder, negar o minimizar son maneras de actuar y de relacionarse carentes de empatía. La comprensión que recibimos de los demás nos reconforta, nos reafirma. Y nos permite encontrar recursos para superar la dificultad. Para comprender de verdad a los hijos y poder ayudarlos es necesario salir de los «no te enfades», «no tengas miedo», «no estés triste», «no seas celoso», tan habituales, y conversar de veras con ellos, reconocer y aceptar los sentimientos que manifiestan (aunque nos parezcan inadecuados).

Permitir que afloren los sentimientos y las emociones estrecha los vínculos afectivos. Puede pasar que, de una situación conflictiva, se pase a una situación llena de amor y de ternura, de las que producen calor en el corazón. La empatía obra milagros, nos hace ser más humanos y sentirnos más cercanos. Permite establecer relaciones en las que el adulto, en vez de basar su autoridad en el poder y la fuerza, la ejerce a partir de la estima, el acompañamiento, y la confianza en la capacidad y las ganas de los niños de hacer bien las cosas.

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