Autonomia y desarrollo infantil

Una interesante lectura basada en el libro «Me gusta la familia que me ha tocado»

«El crecimiento de los hijos, el desarrollo de su autonomía, comporta una necesaria e inevitable separación progresiva de los padres, lo cual despierta a menudo un deseo, a veces inconsciente, de parar el tiempo. Este deseo se suele traducir en una resistencia a facilitar la adquisición de autonomía. Querer alargar la infancia de los hijos es un sentimiento fácil de entender e, incluso, de compartir; prolongar su dependencia hacia nosotros, no. Interferir, impedir o, sencillamente, no reforzar la adquisición de autonomía es ir en contra de algo que, a pesar de todo, sucederá: el niño crecerá. Eso sí, en peores condiciones que si se impulsa y se potencia su proceso de maduración.

Facilitar que los pequeños crezcan al ritmo de sus posibilidades y reforzar sus capacidades de autonomía es algo que aumenta las ocasiones de satisfacción y de sentirse bien consigo mismos, de sentirse seguros y capaces. Es reforzar su autoestima.

Contra lo que pudiera creerse, los niños que no han sido estimulados a hacer las cosas por sí mismos, que continúan siendo tratados como bebés cuando ya no lo son, no crecen más felices. Un «no sé», un «no puedo», son claras expresiones de un sentimiento de incapacidad, que no da satisfacción alguna. Si, además, van seguidas de un «hazlo tú», al sentimiento de incapacidad se le añade una claudicación ante el esfuerzo, lo que no contenta a nadie.

Reforzar la curiosidad

Los niños nacen con una curiosidad que los impulsa a mirar y tocarlo todo, que es su manera de aprender: explorar, probar, comprobar, experimentar y preguntar.

Aprenden con su actividad física y mental. También, desde muy pronto, los pequeños disfrutan afrontando y superando retos: aprender a andar, a subir y bajar escaleras, a ir en bicicleta, a abrir el armario, a apretar botones… La curiosidad y la superación de retos o las ganas de mejorar, junto con las ganas de agradar, son motivaciones innatas que impulsan la actividad de las criaturas, porque sienten satisfacción aprendiendo, esforzándose y viendo contentas a las personas que quieren. Estas motivaciones perduran a lo largo de toda la vida si no hay interferencias que las puedan pervertir.

Que un niño haya perdido la curiosidad, que no tenga ganas de aprender, ni de hacer las cosas por sí mismo, indica que algo no se ha hecho bien.  

«No cojas el vaso, que se romperá y te harás daño.»

«No subas ahí, que te caerás.»

«Ya lo haré yo, que tú no sabes… que tú no puedes… que aún eres pequeño.»

«Deja, deja, que no podrás, que es muy difícil, que acabarás estropeándolo.»

«Ya lo harás cuando seas mayor».

Este tipo de expresiones refleja la imagen de un niño con pocas capacidades. Son mensajes que ponen de manifiesto que al padre o a la madre no les gusta que haga las cosas por sí mismo. Además, le dan a entender que no debe esforzarse.

Pero, en realidad, muchas de las personas que se expresan de esta manera no quieren transmitir estos mensajes e, incluso, hay quien dice que son las mismas frases que odiaba cuando las oía de pequeño en su casa; en cambio, ahora les salen espontáneamente, sin pensar. Les cuesta salir del modelo recibido.

Podrían encontrarse maneras de decir y hacer alternativas a las citadas:

«Vete con cuidado, cógelo bien, que el vaso, si se cae, se puede romper.»

«Pon atención, agárrate bien, que esto es muy alto.»

«Como esto es difícil y cuesta mucho, aún tienes que aprenderlo… te puedo ayudar, te enseñaré cómo hacerlo.»

«Me gusta que lo intentes… ¡Qué bien!, gracias… Pero es mejor que lo hagamos juntos.»

«Quizá no puedas, pero inténtalo, que así irás aprendiendo.»

Son expresiones que, en lugar de descalificar al niño, transmiten confianza en su capacidad, al mismo tiempo que refuerzan la idea de aprendizaje. Se trata de una idea que hay que introducir para evitar confusiones y no acabar creyendo que saber hacer las cosas es sólo cuestión de edad. Ciertamente, se necesita tiempo para aprender, pero el tiempo por sí solo no enseña»

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